ESPERANZA FILMS
la conclusión de muchas historias que convergen aquí

Hace casi dos décadas, unos cuantos amigos, fundamos MINOTAURO PRODUCCIONES con la intención de hacer un cine social, cercano y necesario. Produjimos obras de teatro y los cortometrajes “Angelitos Negros” (2008) y “Los Benditos” (2009), que nos llevaron a decenas de festivales y foros educativos. Dos cortometrajes que buscaban dignificar a la población migrante y al colectivo gitano, respectivamente.

“Angelitos Negros” además, fue incluido por el Ministerio de Educación en los libros de Educación para la Ciudadanía (2010/11, 2011/12) y formó parte del FCAT (Festival de Cine Africano de Tarifa) en su “espacio escuela” (2009-2013). Con el tiempo, seguimos caminos individuales, pero surgieron nuevas alianzas y de pronto nos hemos reencontrado viejos y nuevos amigos y hemos recuperado una ilusión enorme por contar historias humanas de otra manera. Con alma. Con libertad. Con esperanza.

NUESTRO ESTILO
La búsqueda de una historia a veces nos lleva por caminos sorprendentes. Lo importante, sin embargo, debe mantenerse.
La forma de contarlo es la que puede y debe variar, para hacer justicia a las circunstancias y ser fiel a las limitaciones de cada formato a la hora de contar una historia humana que por definición es poliédrica.

El propio acto de querer contar una historia y profundizar en ella, nos empuja a romper los límites y las reglas de la narración. Como dijo nuestro gran referente estético, ético y metodológico, Agnès Varda: “Si abres la gente, encontrarás paisajes”
El cruce de formatos es algo que el cine siempre ha explorado, aunque sea a través de carreteras secundarias. En los años 50 del siglo XX, algunos cineastas empezaron a hibridar ficción con documental. Roberto Rossellini, Jean Renoir o Alain Resnais elevaron sus piezas a categoría artística e inspiraron a algunos de los realizadores de las nuevas olas, que tomaron la fusión de formatos como su propia marca personal. Son los casos de los franceses Chris Marker o Agnès Varda que jalonaron sus carreras con películas experimentales en los que la forma era secundaria y siempre sorprendente. Poesía, entrevistas, ficción, imágenes de archivo, fotografías y distorsiones audiovisuales se convirtieron en los órganos básicos de todo su corpus fílmico. En los años 90 varios realizadores buscaron sacudir al público con propuestas de enorme valentía formal, mezclando imágenes de archivo reales con ficcionales como hará́ Abbas Kiarostami en "Close-Up" (1990) o acercándose al teatro filmado -como harán los directores daneses del Dogma95- en la insólita “Looking for Richard” (Al Pacino, 1996). En las últimas décadas encontramos en los directores españoles, José Luis Guerin (“En construcción”, 2001), Isaki Lacuesta (“La leyenda del tiempo”, 2006) o Elena López Riera (“El agua”, 2022) esa tensión entre lo documental y lo ficcionado, entre lo guionizado y lo espontáneo. Al mismo tiempo, en otras latitudes surgen directores y directoras capaces de concluir una película de animación como “Waltz with Bashir” (Ari Folman, 2008) con imágenes documentales; de grabar un happening teatral como si fuera una película como hizo Lars Von Trier en “Dogville” (2003); o de hibridar de forma performativa el documental con la ficción en la inclasificable, “The Act of Killing” (Joshua Oppenheimer, 2012). Hasta en las grandes producciones de los últimos años podemos encontrar muescas de esta tendencia, como en el asombroso final documental de la multipremiada ficción “La zona de interés” (Jonathan Glazer, 2023) o en las imágenes de archivo live-action dentro de la ficción animada en “Flee” (Jonas Poher Rasmussen, 2021).


